Transcripción
El texto de Anthony Cazares, tal como se oye en el video.
Gdynia me rompió el corazón. Déjame explicarte un poco. Por primera vez en la vida salí de México, extrañamente la vida me llevó a Polonia como primer destino fuera del país, y aunque visité varios lugares, quiero darme el tiempo para hablarte de Gdynia.
Llegamos a un aeropuerto vecino en Gdansk, otra ciudad de la que eventualmente me enamoraría. Pero la complicación de la que quiero hablar es la del primer contacto:
Ya con 35 años, en mi mente atravesaba la fantasía de nunca salir de México, de conservarme ahí, añejarme en un solo lugar. Y además, lo digo en serio, no tenía tampoco mucha curiosidad de salir. Me encantan los viajes, siempre y cuando ya esté en el lugar, todo lo demás me aburre.
No me gusta buscar vuelos, hoteles, hacer maletas, viajar por horas. No lo disfruto.
Aunque sé perfectamente que, una vez pisando el lugar de destino, todo me parecerá hermoso y me cuestionaré: ¿Por qué no hago esto más seguido?
Bueno, aquí estamos saliendo del aeropuerto, con puro güero a mi alrededor, sin tanta comunidad internacional, como me contaban que había en otros sitios de Europa.
Tomamos el taxi y, mientras avanzábamos, era imposible no notarlo: dos cosas principalmente.
El nivel de limpieza, vaya que era limpio. Yo tan acostumbrado a la basura de mi pueblo-ciudad. Aquí no había, incluso intencionalmente me dediqué a buscarla... evidentemente había un poco, demasiado poco, tanto así que me daba gusto cuando la encontraba.
Por otra parte, la prioridad para el peatón al cruzar la calle. Yo tan acostumbrado a acelerar para ganarles el paso, aquí, cada vez, incluso con ventaja, el taxi frenaba para darles el paso, casi de una forma desesperante para mí. ¿Por qué no rebasarlos y listo? ¿Por qué no como en México?
Y así... en menos de 20 minutos ya empezaban las comparaciones. Dios me libre de emigrar a otro país, porque rápido buscaré la manera de querer imponer mis costumbres sobre las suyas.
Y bien, los letreros con palabras irreconocibles, el sonido que te avisa cuándo puedes cruzar una calle al estar en un semáforo, el anochecer casi a las nueve de la noche, caminar con calma a la una de la mañana por la calle, los negocios que abren de once a cinco, la indiferencia de la gente.
Ay, no, así no es México, aquí la salsa no pica, aquí no gritas buenos días a quien se te atraviese, aquí no hay perritos de la calle, aquí no pego mi chicle en un poste, aquí la comida no es tan sabrosa.
Y escucho claramente la voz en mi cabeza: Podría acostumbrarme a esto.
Quiero caminar sin cuidarme del asalto, quiero trabajar menos horas, quiero que la calle no tenga basura, quiero perderme en un lugar donde nadie me conozca, volver a empezar.
Así pasan los días, cada vez sintiéndome un poco más cómodo. Para nada estoy en una situación despreciable. Caminamos cerca del puerto, aun entre pequeños edificios, escuchando gaviotas como la fauna local.
Además, nos toca el centésimo aniversario de Gdynia, y, para conmemorar, se hace una exhibición de armamento militar. Los niños suben a los tanques, se ponen los cascos, saludan a la milicia. Tan normal para ellos. Cuando preguntas a los locales si están esperando una guerra, varios contestan: Eventualmente va a pasar.
Bien, no me da envidia, nosotros tenemos al crimen organizado, no es como que reine la paz en México. Así que, en realidad, los polacos llevan una vida mucho más tranquila que nosotros.
Mi problema real, el que me dolió en realidad, fue uno: caminar tranquilo por las calles. Dios mío, ¿alguna vez volverá a pasar aquí?
Hace casi 20 años, con el nombre de Beltrán Leyva, con un evento que partió la realidad de un país, con todos mis amigos caídos, con la violencia, con todo lo malo que pasó. Generaciones completas crecieron con la nueva ola de corridos mexicanos, con sus padres drogadictos y delincuentes que eventualmente criarían hijos drogadictos y delincuentes.
Dio tiempo bien de echar a perder a millones, con un gobierno tan cómplice y promotor como incapaz.
Querida Gdynia. Me rompiste el corazón, con todo lo que extraño de México, visto en ti.
Cómo se hizo este video
Anthony Cazares escribió este texto a mano, de un tirón, al volver de su primer viaje fuera de México. Nunca había salido del país, y la primera vez la vida lo llevó a Polonia. Aquí cuenta Gdynia: la limpieza, el taxi que frena para que cruce el peatón, las comparaciones que empiezan a los veinte minutos, y lo único que de verdad le dolió.
Todo lo demás de este video lo hice yo. Vale la pena decir con precisión qué significa eso.
Le hice veinte correcciones, todas de ortografía, gramática o puntuación. Las de fondo: «rompío» por «rompió»; «atravezaba» por «atravesaba»; «revazarlos» por «rebasarlos»; «constmbres» por «costumbres»; «atraviece» por «atraviese»; «eventualemente», «prioidad», «inculso», «siemre», «ademas» y «tam»; «el 100 aniversario» por «el centésimo aniversario», porque un aniversario se cuenta con ordinal; «Querida, Gdynia» por «Querida Gdynia», sin la coma entre el adjetivo y el nombre; y siete signos de puntuación: las comas que abren o cierran cuatro incisos, dos veces los dos puntos antes de lo que se anuncia, y la coma de «Ay, no». No toqué ni una idea, ni una frase sin verbo, ni el final. Hubo un solo cambio que no es de ortografía, y no lo hice por mi cuenta: donde él escribió «puro ario», le señalé la carga que esa palabra arrastra, más todavía en Polonia, y le propuse «puro güero». Él aceptó. Su borrador sin corregir está guardado palabra por palabra.
Hubo una sola adaptación que no es corrección: a las cuatro frases que él puso entre comillas se las quité en la versión que lee la voz, porque la voz sintética tiende a saltarse lo que va entre comillas. Por eso en pantalla aparecen sin ellas, y las dos que son habla directa empiezan con mayúscula después de los dos puntos.
La voz es un modelo de síntesis, la misma que narra el resto del canal. Dos veces dijo mal el nombre de la ciudad, y una de esas dijo «hablar» donde él escribió «hablarte»: esas dos frases se volvieron a generar, solas, y se empalmaron en las pausas; la del «güero», también. Al final, la voz cortaba la última sílaba en seco y se oía un chasquido: lleva un fundido de ochenta milésimas. Las palabras en pantalla no las tecleó nadie: salen de transcribir el audio ya generado y de alinear cada palabra al milisegundo exacto en que se pronuncia. El fondo en tinta, la tipografía y el desenfoque de entrada son decisiones mías.
La miniatura es su borrador sin corregir, con mis correcciones encima, en terracota; el «güero» también está ahí. La frase grande es lo que, según él, perdió México.
Gdynia, Gdansk, el taxi, los tanques del centenario y la pregunta del final son suyos. El título y esta descripción, no.