Libros · El arte de tener razón
Ardid 35
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Este, en cuanto es practicable, hace innecesarios todos los demás: en vez de obrar con razones sobre el intelecto, óbrese con motivos sobre la voluntad, y el adversario —y también los oyentes, si tienen el mismo interés que él— quedan al instante ganados para nuestra opinión, aunque la hayamos tomado prestada del manicomio; porque casi siempre pesa más una onza de voluntad que un quintal de entendimiento y de convicción. Cierto que esto solo puede hacerse en circunstancias particulares.
Si se le puede hacer sentir al adversario que su opinión, de llegar a valer, le haría un daño perceptible a su interés, la soltará tan deprisa como un hierro caliente que hubiera agarrado por descuido. Por ejemplo: un clérigo defiende un dogma filosófico; hágasele notar que ese dogma está indirectamente en contradicción con un dogma fundamental de su iglesia, y lo soltará.
Un propietario sostiene la excelencia de las máquinas en Inglaterra, donde una máquina de vapor hace el trabajo de muchos hombres; dele uno a entender que pronto también los carruajes serán tirados por máquinas de vapor, y que entonces los caballos de su nutrida yeguada bajarán mucho de precio; y ya se verá. En casos así, el sentimiento de cualquiera es: quam temere in nosmet legem sancimus iniquam, con qué ligereza sancionamos contra nosotros mismos una ley injusta.
Lo mismo ocurre cuando los oyentes pertenecen con nosotros a una secta, un gremio, un oficio, un club o lo que sea, y el adversario no. Por acertada que sea su tesis, en cuanto insinuemos que va contra el interés común de dicho gremio, todos los oyentes encontrarán débiles y miserables los argumentos del adversario, aunque sean excelentes, y acertados y certeros los nuestros, aunque los hayamos sacado del aire; el coro se dejará oír en voz alta a nuestro favor, y el adversario abandonará el campo avergonzado. Es más: los oyentes creerán casi siempre haber votado por pura convicción. Porque lo que nos es desventajoso le parece al intelecto, casi siempre, absurdo. Intellectus luminis sicci non est: el entendimiento no es luz seca, sino que recibe el chorro de la voluntad y de los afectos.
Este ardid podría designarse así: «agarrar el árbol por la raíz». Se lo suele llamar argumentum ab utili.
[Nota de traducción: la sentencia latina es de Bacon (Novum Organum I, 49), y Schopenhauer la cita cortada, con un «etcétera». Completa dice: «Intellectus humanus luminis sicci non est; sed recipit infusionem a voluntate et affectibus» — el entendimiento humano no es luz seca: recibe el chorro de la voluntad y de los afectos. Uno de los dos textos modernos que manejamos la completa mal y la deja sin sintaxis; aquí se da entera y correcta.]
[Nota de traducción: el verso latino del propietario es de Horacio (Sátiras I, 3, 67).]
El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Traducción del alemán de Anthony Cazares, con Claude, 2026.
El original está en dominio público. Esta traducción se publica bajo CC BY-NC 4.0: se puede copiar y reusar citando la fuente, sin uso comercial.