Libros · El arte de tener razón
Ardid 38
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En el original este ardid no lleva número: se llama simplemente «el último ardid». Schopenhauer lo había metido en el manuscrito, «provisionalmente», detrás del ardid sexto; su primer editor lo apartó y lo puso al final, y lo declara en nota. Conservamos el número 38 en el título porque es como se busca la obra, y el orden del impreso porque es el que el editor razona. Se explica en la descripción.
Observación final. Entre la disputa in colloquio privato sive familiari y la disputatio sollemnis publica, pro gradu y demás, no hay diferencia esencial. A lo sumo, que en la segunda se exige que el respondens quede siempre con la razón frente al opponens, y que por eso, si hace falta, el praeses acuda en su ayuda; o también que en la segunda se argumenta de manera más formal y se gusta de vestir los argumentos con la forma estricta del silogismo.
[Esta «Observación final» va aquí, antes del último ardid, como en la primera edición. En el manuscrito era el cierre del libro; los textos modernos la mandan al final y le quitan el rótulo, con lo que se lee como un párrafo suelto y no como lo que es: el remate de un tratado.]
El último ardid. Cuando se advierte que el adversario es superior y que uno va a quedar sin razón, hay que ponerse personal, ofensivo, grosero. Ponerse personal consiste en apartarse del objeto de la disputa —porque ahí se tiene el juego perdido— para pasar al que disputa y atacar de algún modo su persona. Podría llamarse argumentum ad personam, a diferencia del argumentum ad hominem: este último se aparta del objeto puramente objetivo para atenerse a lo que el adversario ha dicho o concedido sobre él; en cambio, al ponerse personal se abandona del todo el objeto y se dirige el ataque contra la persona del adversario: uno se vuelve hiriente, malicioso, ofensivo, grosero. Es una apelación de las fuerzas del espíritu a las del cuerpo, o a la animalidad. Esta regla es muy querida, porque cualquiera sirve para ejecutarla, y por eso se aplica con frecuencia. Cabe preguntar ahora qué contrarregla vale aquí para la otra parte. Porque si quiere usar la misma, aquello acaba en una pelea a golpes, en un duelo o en un proceso por injurias.
Se equivocaría mucho quien creyera que basta con no ponerse uno personal. Porque al mostrarle a alguien, con toda calma, que no tiene razón y que por lo tanto juzga y piensa mal —que es lo que ocurre en toda victoria dialéctica—, se lo amarga más que con una expresión grosera y ofensiva. ¿Por qué? Porque, como dice Hobbes en De Cive, capítulo 1: Omnis animi voluptas, omnisque alacritas in eo sita est, quod quis habeat, quibuscum conferens se, possit magnifice sentire de seipso. Al hombre no hay nada que le importe más que la satisfacción de su vanidad, y ninguna herida duele más que la que se le hace a esta. (De ahí vienen dichos como «el honor vale más que la vida».) Esa satisfacción de la vanidad nace sobre todo de compararse uno con los demás en todos los aspectos, pero principalmente en el de las fuerzas del espíritu. Y esa comparación ocurre de manera efectiva y muy fuerte al disputar. De ahí la amargura del vencido, aunque no se le haya hecho ninguna injusticia; y de ahí que eche mano del último medio, de este último ardid, del que no se escapa por la mera cortesía de uno. Con todo, una gran sangre fría puede sacar también aquí del apuro: en cuanto el adversario se pone personal, responder tranquilamente que eso no viene al caso, volver en el acto al asunto y seguir demostrándole ahí que no tiene razón, sin hacer caso de sus ofensas; es decir, hacer como Temístocles con Euríbiades: «pega, pero escucha». Pero eso no le está dado a cualquiera.
Disputar, como roce entre cabezas, es a menudo de provecho mutuo: sirve para rectificar los propios pensamientos y también para engendrar puntos de vista nuevos. Solo que los dos que disputan tienen que estar bastante a la par en saber y en espíritu. Si a uno le falta lo primero, no lo entiende todo, no está au niveau. Si le falta lo segundo, la amargura que eso le produce lo llevará a deslealtades y trampas, o a la grosería.
La única contrarregla segura es, por tanto, la que ya da Aristóteles en el último capítulo de los Tópicos: no disputar con el primero que llegue, sino solo con aquellos a quienes uno conoce y de quienes sabe que tienen entendimiento suficiente como para no soltar cosas demasiado absurdas y tener luego que avergonzarse; y que disputan con razones y no con sentencias de autoridad, y escuchan las razones y entran en ellas; y por último, que estiman la verdad, oyen de buen grado las buenas razones aunque salgan de la boca del adversario, y tienen bastante equidad para poder soportar quedarse sin razón cuando la verdad está del otro lado. De donde se sigue que entre cien apenas hay uno que merezca que se dispute con él. A los demás, déjeselos hablar lo que quieran, porque desipere est juris gentium, desatinar es derecho de gentes; y piénsese lo que dice Voltaire: La paix vaut encore mieux que la vérité, la paz vale todavía más que la verdad. Y hay un proverbio árabe: «En el árbol del silencio cuelga su fruto, la paz».
[Cotejo: el párrafo del «roce entre cabezas» no está en la primera edición —tampoco en Saunders, que tradujo de ella— y sí en los dos testigos modernos: es material del manuscrito que el primer editor no imprimió. Se conserva, por la regla de la casa. Los modernos lo ponen después de la contrarregla de Aristóteles, con lo que el libro no acaba en el proverbio; aquí se pone antes, donde encadena solo, para que el remate del tratado siga siendo el que el impreso le da. Movimiento nuestro, y por eso queda dicho.]
El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Traducción del alemán de Anthony Cazares, con Claude, 2026.
El original está en dominio público. Esta traducción se publica bajo CC BY-NC 4.0: se puede copiar y reusar citando la fuente, sin uso comercial.