Libros · El arte de tener razón

Ardid 1

La ampliación

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Llevar la afirmación del adversario más allá de su límite natural, interpretarla del modo más general posible, tomarla en el sentido más amplio que admita y exagerarla; y, en cambio, encerrar la propia en el sentido más restringido, en los límites más estrechos que se pueda. Porque cuanto más general se vuelve una afirmación, a más ataques queda expuesta. El remedio consiste en fijar con exactitud el punctum o el status controversiae.

Ejemplo 1. Yo dije: «Los ingleses son la primera nación dramática». El adversario quiso intentar una instantia y replicó: «Es sabido que en música, y por consiguiente en la ópera, no logran nada». Lo rechacé recordándole «que la música no está comprendida en lo dramático; esto designa únicamente la tragedia y la comedia»: cosa que él sabía muy bien, y solo intentaba generalizar mi afirmación de modo que abarcara todas las representaciones teatrales, por consiguiente la ópera, por consiguiente la música, para vencerme entonces sobre seguro.

A la inversa: sálvese uno la propia afirmación estrechándola más allá de la intención primera, cuando la expresión empleada lo favorezca.

Ejemplo 2. A dice: «La paz de 1814 devolvió incluso a todas las ciudades hanseáticas alemanas su independencia». B aporta la instantia in contrarium: que Dánzig perdió por esa paz la independencia que Bonaparte le había concedido. A se salva así: «Dije todas las ciudades hanseáticas alemanas: Dánzig era una ciudad hanseática polaca».

Este ardid ya lo enseña Aristóteles, Tópicos VIII, 12, 11.

Ejemplo 3. Lamarck (Philosophie zoologique, volumen I, página 203) niega a los pólipos toda sensación, porque carecen de nervios. Ahora bien, es seguro que perciben: pues van hacia la luz, desplazándose con destreza de rama en rama, y atrapan su presa. Por eso se ha supuesto que en ellos la masa nerviosa está repartida por igual en la masa del cuerpo entero, como fundida con ella: porque es evidente que tienen percepciones sin órganos sensoriales diferenciados. Como eso echa por tierra su suposición, Lamarck argumenta dialécticamente así: «Entonces todas las partes del cuerpo de los pólipos tendrían que ser capaces de toda clase de sensación, y también de movimiento, de voluntad, de pensamiento: entonces el pólipo tendría en cada punto de su cuerpo todos los órganos del animal más perfecto: cada punto podría ver, oler, gustar, oír, etcétera, e incluso pensar, juzgar, concluir: cada partícula de su cuerpo sería un animal perfecto, y el pólipo mismo estaría por encima del hombre, ya que cada partecita suya tendría todas las facultades que el hombre solo tiene en el conjunto. Además, no habría razón para no extender lo que se afirma del pólipo también a la mónada, el más imperfecto de todos los seres, y finalmente también a las plantas, que al fin y al cabo también viven, etcétera». Con el uso de tales ardides dialécticos un escritor delata que en su fuero interno es consciente de no tener razón. Porque se dijo «todo su cuerpo tiene sensación para la luz, es por tanto de naturaleza nerviosa», él hace de ello que todo el cuerpo piensa.

Notas al ardid 1

1. punctum controversiae / status controversiae. Fórmulas de la disputa escolástica: el punto exacto sobre el que se discute, deslindado de todo lo demás. Schopenhauer las deja en latín porque son términos de oficio, y nosotros también. El remedio contra este ardid es, entonces, procedimental y no retórico: antes de discutir, escribir qué se está discutiendo.

2. instantia. El caso en contra: el ejemplo particular que derriba una afirmación general. Aparece en toda la obra como término técnico, y en el ejemplo 2 en su forma completa, instantia in contrarium. Saunders lo traduce («an instance to the contrary»); nosotros lo conservamos y lo glosamos aquí una sola vez.

3. Dánzig y la paz de 1814. La escapatoria de A es verbal, y conviene saber por qué funciona. Dánzig (hoy Gdańsk) pasó a Prusia en 1793, en el segundo reparto de Polonia; Napoleón la convirtió en ciudad libre en 1807; el tratado de 1814 la devolvió a Prusia. Cuando A dice que Dánzig era «una ciudad hanseática polaca», se apoya en su pasado anterior a 1793 para sacarla de la categoría «alemanas» que él mismo había usado. No miente: reclasifica. Ese es justamente el ardid.

4. La cita de Aristóteles. Nuestra fuente trae «Topik, VIII, 12, 11»; Saunders lo interpreta como los capítulos 11 y 12 del libro VIII. Conservamos la forma de Schopenhauer, que sigue la numeración de la edición que él manejaba, y no la normalizamos a la moderna: cambiar en silencio una referencia ajena es falsificar una fuente. Queda pendiente cotejar el pasaje de los Tópicos.

5. La referencia a Lamarck. Saunders añade «vol. i., p. 208». Nuestra fuente no la trae y no la incorporamos. Ver contraste.md, punto 3.

6. Sobre el ejemplo 3, y por qué vale la pena leerlo hasta el final. Es el único de los tres que no es una anécdota de salón: es una acusación. Schopenhauer sostiene que Lamarck, acorralado por la evidencia de que los pólipos perciben sin nervios diferenciados, estira la posición contraria hasta el absurdo —si perciben con todo el cuerpo, entonces cada punto del cuerpo piensa, juzga y concluye— para poder derribarla cómodamente. Y remata con la frase que da sentido a todo el ardid: usar estos recursos delata que uno **sabe en privado que no tiene razón**. El ardid no es solo un arma; es un síntoma.

El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Traducción del alemán de Anthony Cazares, con Claude, 2026.

El original está en dominio público. Esta traducción se publica bajo CC BY-NC 4.0: se puede copiar y reusar citando la fuente, sin uso comercial.