Libros · El arte de tener razón

Preámbulo, 3

La base de toda dialéctica

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Impreso de 1864, pp. 11-13. Cierra el preámbulo y abre paso a los ardides.

Como en este sentido la dialéctica no ha de ser más que una recopilación y una exposición, reducidas a sistema y regla, de aquellas artes de que se sirve la mayoría de los hombres cuando advierten que en la disputa la verdad no está de su lado, para conservar sin embargo la razón, sería también por eso muy contraproducente que en la dialéctica científica quisiera uno atender a la verdad objetiva y a sacarla a la luz: porque en aquella dialéctica originaria y natural eso no ocurre, y la meta es simplemente tener razón. La dialéctica científica, en nuestro sentido, tiene por tarea principal exponer y analizar esos ardides de la deslealtad en la disputa, para que en los debates reales se los reconozca en el acto y se los deshaga. Justamente por eso, en su exposición ha de tomar declaradamente como fin último el tener razón, y no la verdad objetiva.

No me consta que se haya hecho nada en este sentido, aunque he mirado a lo largo y a lo ancho: es, pues, un campo todavía sin roturar. Para llegar al fin habría que sacar de la experiencia, observar cómo en los debates que ocurren con frecuencia en el trato se aplica este o aquel ardid por una parte y por otra, luego reducir a su forma general los ardides que vuelven bajo otras formas, y plantear así ciertos estratagemas generales, que servirían tanto para el uso propio como para frustrarlos cuando los use el otro.

Lo que sigue debe considerarse como un primer intento.

[Aquí el editor pone una nota: «Véase, sin embargo, Parerga II, § 26». Es un aviso honrado: el propio Schopenhauer ya había publicado parte de esto.]

1. Base de toda dialéctica

[El editor advierte al pie, y hay que decirlo: esta sección está TACHADA de puño y letra de Schopenhauer en el manuscrito de la Erística, porque ya la había usado para los Parerga (II, § 26), donde la llamó «el esbozo de lo esencial de toda disputa», «el armazón abstracto, como el esqueleto de la controversia en general», «una osteología de la misma». Como en los Parerga quedó en una forma más correcta y más detallada que en el manuscrito, el editor imprime aquí la de los Parerga «para que el lector tenga la Erística completa». O sea: lo que sigue no es el manuscrito de la Erística. Es Schopenhauer, pero de otro libro.]

En toda disputa —se lleve en público, como en las aulas académicas y ante los tribunales, o en la simple conversación— el curso esencial es el siguiente.

Se ha planteado una tesis y hay que refutarla. Para eso hay dos modos y dos caminos.

1. Los modos son: ad rem y ad hominem, o ex concessis. Solo por el primero derribamos la verdad absoluta, u objetiva, de la tesis, mostrando que no concuerda con la naturaleza de la cosa de que se trata. Por el otro, en cambio, derribamos solamente su verdad relativa, demostrando que contradice otras afirmaciones o concesiones del que defiende la tesis, o demostrando que sus argumentos son insostenibles; con lo cual la verdad objetiva de la cosa misma queda propiamente sin decidir.

Por ejemplo: si en una controversia sobre asuntos filosóficos o de ciencias naturales el adversario —que para eso tendría que ser inglés— se permite aducir argumentos bíblicos, podemos refutarlo con otros del mismo género, aunque sean meros argumenta ad hominem que no deciden nada en la cosa. Es como pagarle a alguien con el mismo papel moneda que se había recibido de él. En algunos casos este modus procedendi puede incluso compararse con esto: que ante el tribunal el demandante presentara un pagaré falso y el demandado lo despachara con un recibo también falso; el préstamo podría haber ocurrido de todos modos. Pero, igual que ese último procedimiento, también la mera argumentatio ad hominem tiene a menudo la ventaja de la brevedad, porque muy a menudo, en un caso y en otro, el esclarecimiento verdadero y a fondo del asunto sería larguísimo y difícil.

2. Los dos caminos son el directo y el indirecto. El primero ataca la tesis por sus fundamentos; el otro, por sus consecuencias. Aquel prueba que no es verdadera; este, que no puede ser verdadera. Veámoslos más de cerca.

a) Refutando por el camino directo, es decir, atacando los fundamentos de la tesis, mostramos o bien que esos fundamentos no son verdaderos, diciendo nego majorem o nego minorem —y por las dos vías atacamos la materia del razonamiento que funda la tesis—; o bien concedemos esos fundamentos, pero mostramos que la tesis no se sigue de ellos, diciendo nego consequentiam, con lo cual atacamos la forma del razonamiento.

b) Refutando por el camino indirecto, es decir, atacando la tesis por sus consecuencias, para concluir de la falsedad de estas la falsedad de aquella —en virtud de la ley a falsitate rationati ad falsitatem rationis valet consequentia—, podemos servirnos o bien de la simple instancia, o bien de la apagogé.

Primero, la instancia, énstasis, es un simple exemplum in contrarium: refuta la tesis mostrando cosas o relaciones que están comprendidas en lo que ella afirma, y que por tanto se siguen de ella, pero para las cuales manifiestamente no se cumple; de donde la tesis no puede ser verdadera.

Segundo, la apagogé la llevamos a cabo admitiendo provisionalmente la tesis como verdadera, y uniéndole entonces alguna otra proposición reconocida como verdadera e indiscutida, de manera que las dos se vuelvan las premisas de un razonamiento cuya conclusión sea manifiestamente falsa, por contradecir o bien la naturaleza de las cosas en general, o bien la constitución bien reconocida de la cosa de que se trata, o bien alguna otra afirmación del autor de la tesis. La apagogé puede ser entonces, según el modo, tanto meramente ad hominem como ad rem. Y si esa conclusión contradice verdades del todo indudables, o incluso ciertas a priori, entonces hemos llevado al adversario incluso al absurdo. En cualquier caso, como la otra premisa que hemos añadido es de verdad indiscutida, la falsedad de la conclusión tiene que venir de su tesis: luego esta no puede ser verdadera.

Todo procedimiento de ataque en la disputa habrá de reducirse a los procedimientos aquí expuestos formalmente. Estos son, pues, en la dialéctica lo que en la esgrima las estocadas regladas, la tercia, la cuarta y demás. En cambio, los ardides —o estratagemas— que yo he reunido habría que compararlos más bien con las fintas; y, por último, las salidas personales en la disputa, con lo que los maestros de esgrima de las universidades llamaban golpes de villano.

[Nota de traducción: la palabra es «Sauhiebe», literalmente «tajos de cerdo»: en la esgrima estudiantil alemana, el golpe sucio, el que se da fuera de las reglas. Aquí queda como «golpes de villano», que es lo que la esgrima española llamaba a lo mismo. Vale la pena fijarse en la escala, porque es la imagen que Schopenhauer tiene de su propio libro: la base son las estocadas del manual, los treinta y seis ardides son las fintas, y el último de todos —ponerse personal— es el golpe que ya no pertenece a la esgrima.]

[Nota de glosario: aquí, y en la p. 11, Schopenhauer escribe «Stratagemata», y en este pasaje llama a sus ardides «Kunstgriffe, oder Stratagemata», declarándolas sinónimas. De ahí que en esta serie el conjunto se llame «estratagemas» y cada pieza «ardid»: las dos palabras son suyas.]

El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Traducción del alemán de Anthony Cazares, con Claude, 2026.

El original está en dominio público. Esta traducción se publica bajo CC BY-NC 4.0: se puede copiar y reusar citando la fuente, sin uso comercial.