Libros · El arte de tener razón
Ardid 30
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El argumentum ad verecundiam. En vez de razones, úsense autoridades, a la medida de los conocimientos del adversario.
Unusquisque mavult credere quam judicare, dice Séneca: cada cual prefiere creer antes que juzgar. Así que se tiene el juego fácil cuando se cuenta con una autoridad que el adversario respeta. Y habrá para él tantas más autoridades válidas cuanto más limitados sean sus conocimientos y sus capacidades. Si estos son de primer orden, habrá poquísimas autoridades para él, casi ninguna. A lo sumo admitirá la de los hombres del oficio en una ciencia, un arte o una técnica que conozca poco o nada; y aun esa, con desconfianza. En cambio, la gente corriente tiene un respeto profundo por los hombres del oficio, sea cual sea. No saben que quien hace profesión de una cosa no ama la cosa, sino su ganancia; ni que quien enseña una cosa rara vez la sabe a fondo, porque a quien la estudia a fondo no suele quedarle tiempo para enseñar.
Pero para el vulgo hay muchísimas autoridades que encuentran respeto. Así que, si no se tiene una del todo adecuada, tómese una que lo parezca, y cítese lo que alguien dijo en otro sentido o en otras circunstancias. Las autoridades que el adversario no entiende en absoluto son las que suelen hacer más efecto. Los que no tienen letras sienten un respeto muy suyo por las fórmulas griegas y latinas. Y en caso de necesidad las autoridades no solo pueden torcerse, sino falsificarse derechamente, o incluso citarse algunas de invención propia: casi siempre el otro no tiene el libro a mano ni sabría manejarlo.
El ejemplo más hermoso de esto lo da aquel cura francés que, para no tener que empedrar la calle delante de su casa, como debían hacer los demás vecinos, citó un pasaje de la Biblia: paveant illi, ego non pavebo. Eso convenció a los regidores del municipio.
También los prejuicios generales sirven de autoridad. Porque los más piensan con Aristóteles: «lo que a muchos les parece, eso decimos que es». Es más: no hay opinión, por absurda que sea, que los hombres no hagan suya en cuanto se ha conseguido persuadirlos de que es aceptada por todos. El ejemplo obra sobre su pensar como obra sobre su obrar. Son ovejas que van tras el manso guía, adonde él las lleve; les es más fácil morir que pensar. Es rarísimo que la generalidad de una opinión tenga para ellos tanto peso, cuando pueden ver en sí mismos con qué falta absoluta de juicio, y por la sola fuerza del ejemplo, se adoptan las opiniones. Pero no lo ven, porque les falta todo conocimiento de sí. Solo los escogidos dicen con Platón: «a los muchos les parecen muchas cosas»; es decir, el vulgo tiene muchos pájaros en la cabeza, y si uno fuera a hacerles caso tendría mucho que hacer.
La generalidad de una opinión, hablando en serio, no es prueba, ni siquiera razón de probabilidad, de que sea acertada. Los que sostienen lo contrario tendrían que admitir dos cosas: primero, que la distancia en el tiempo le quita a esa generalidad su fuerza probatoria —si no, tendrían que resucitar todos los errores antiguos que alguna vez pasaron por verdades, por ejemplo el sistema de Ptolomeo, o restablecer el catolicismo en todos los países protestantes—; y segundo, que la distancia en el espacio hace lo mismo, porque si no la generalidad de la opinión entre los que profesan el budismo, el cristianismo y el islam los pondría en aprietos. (Según Bentham, Tactique des assemblées législatives, tomo II, p. 76.)
Lo que se llama la opinión general es, mirado a la luz, la opinión de dos o tres personas; y de eso nos convenceríamos si pudiéramos ver cómo nace una de esas opiniones universalmente válidas. Encontraríamos entonces que son dos o tres los que primero la admitieron o la plantearon y la sostuvieron, y a quienes se tuvo la bondad de suponerles que la habían examinado bien a fondo. Fiados en el prejuicio de que esos eran capaces, algunos otros adoptaron también la opinión; y a estos les creyeron otros muchos, a quienes su pereza aconsejó creer en seguida antes que ponerse a examinar con esfuerzo. Así creció de día en día el número de esos partidarios perezosos y crédulos; porque una vez que la opinión tuvo un buen número de votos a su favor, los que venían después lo atribuyeron a que solo por el peso de sus razones podía haberlos conseguido. Los que quedaban se vieron entonces obligados a admitir lo que valía para todos, para que no los tuvieran por cabezas inquietas que se rebelan contra las opiniones generalmente admitidas, ni por mocosos que quieren ser más listos que todo el mundo. Ahora asentir era un deber. Y desde entonces los pocos que son capaces de juzgar tienen que callarse; y los que pueden hablar son los que, del todo incapaces de tener opiniones y juicio propios, no son más que el eco de la opinión ajena; y son, sin embargo, sus defensores más celosos e intolerantes. Porque en el que piensa distinto no odian tanto la otra opinión que profesa como el atrevimiento de querer juzgar por sí mismo; cosa que ellos nunca emprenden, y en el fondo lo saben.
En una palabra: pensar pueden muy pocos, pero opiniones quieren tener todos. ¿Qué queda entonces, sino que las tomen ya hechas de otros, en vez de hacérselas ellos? Siendo así la cosa, ¿cuánto vale todavía la voz de cien millones de hombres? Lo que vale un hecho histórico que se encuentra en cien historiadores, y del que luego se demuestra que todos se copiaron unos a otros, con lo cual todo se reduce al final al testimonio de uno solo. (Según Bayle, Pensées sur les Comètes, tomo I, p. 10.)
«Lo digo yo, lo dices tú, pero al fin lo dijo también aquel; y después de tantas veces dicho, no ves ya sino dichos.»
Con todo, en la disputa con gente corriente sí puede usarse la opinión general como autoridad.
En general se verá que, cuando dos cabezas corrientes discuten entre sí, el arma que ambas eligen suele ser la autoridad: con eso se golpean. Si la mejor cabeza se las tiene que ver con una de esas, lo más aconsejable es que se avenga también a esa arma, escogiéndola a la medida de los flancos descubiertos del adversario. Porque contra el arma de las razones, ese es, ex hypothesi, un Sigfrido con piel de cuerno, bañado en el río de la incapacidad de pensar y de juzgar.
Ante los tribunales se disputa propiamente solo con autoridades: la autoridad de las leyes, que está firme. La tarea del juicio es encontrar la ley, es decir, la autoridad que se aplica al caso dado. Pero la dialéctica tiene sitio de sobra, porque, si hace falta, se retuercen el caso y una ley que no acaban de encajar el uno con la otra hasta que se los da por encajados; y también al revés.
[Nota de traducción: el chiste del cura francés no sobrevive solo. Cita a Jeremías —«paveant illi, ego non pavebo», que teman ellos, que yo no temeré—, y lo que oyeron los regidores fue el francés paver, empedrar: «que empiedren ellos, que yo no empedraré». La autoridad citada en latín obra por lo que suena, no por lo que dice, que es exactamente el ardid.]
[Nota de traducción: «un Sigfrido con piel de cuerno» es el héroe del Cantar de los Nibelungos, que se bañó en la sangre del dragón y quedó invulnerable. Schopenhauer le cambia el baño: el suyo se ha bañado en la incapacidad de pensar.]
[Cotejo: la referencia a Séneca (De vita beata, I, 4) no está en el impreso de 1864, que dice solo «dice Séneca»; la añaden los textos modernos y se conserva porque es correcta.]
El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Traducción del alemán de Anthony Cazares, con Claude, 2026.
El original está en dominio público. Esta traducción se publica bajo CC BY-NC 4.0: se puede copiar y reusar citando la fuente, sin uso comercial.