Libros · El arte de tener razón
Ardid 31
Escuchar este capítulo en YouTube · el video reúne la segunda parte del ardid 30 y el ardid 31
Cuando no se sabe qué oponer a las razones que el adversario ha expuesto, decláresele uno incompetente, con fina ironía: «Lo que usted dice sobrepasa mi pobre entendimiento; puede que sea muy acertado, pero yo no lo entiendo, y renuncio a todo juicio». Con eso se le insinúa a los oyentes, ante quienes uno goza de consideración, que aquello es un disparate. Así, cuando apareció la Crítica de la razón pura, o más bien cuando empezó el revuelo que produjo, muchos profesores de la vieja escuela ecléctica declararon «nosotros no entendemos eso», y creyeron haberla despachado. Pero cuando algunos partidarios de la escuela nueva les demostraron que tenían razón y que efectivamente no la entendían, se pusieron de muy mal humor.
Este ardid solo puede usarse allí donde uno está seguro de gozar entre los oyentes de una consideración decididamente mayor que el adversario: por ejemplo, un profesor contra un estudiante. En realidad esto pertenece al ardid anterior, y es un hacer valer la propia autoridad en lugar de las razones, de una manera especialmente maliciosa.
La contraestocada es esta: «Permítame; con su gran penetración, entenderlo tiene que serle a usted cosa fácil, y la culpa solo puede tenerla mi mala exposición»; y entonces darle la cosa tan masticada que, quiera o no quiera, tenga que entenderla, y quede claro que antes no la entendía y nada más. Así queda devuelto el golpe: él quería insinuar que lo nuestro era «un disparate»; nosotros le hemos demostrado que lo suyo era «no entender». Las dos cosas con la mayor cortesía.
El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer (1788-1860). Traducción del alemán de Anthony Cazares, con Claude, 2026.
El original está en dominio público. Esta traducción se publica bajo CC BY-NC 4.0: se puede copiar y reusar citando la fuente, sin uso comercial.